Deja de mentirme.
Siempre tenía una palabra bonita, siempre tenía piropos para cada momento, el exacto, el que hacía falta; tenía el "don de la palabra". Pero ese era el problema, que las palabras bien, pero de nada servían si no había hechos. Si peleábamos, encontraba la palabra perfecta para que la situación cambiase, y sino hacía cualquier tontería y me acababa riendo. Pero me cansé, le dije que dejara de mentirme. Que si todo lo que decía, incluidos los piropos, no eran sinceros, que lo dejase ya; no soportaba las mentiras, y sentía que todo lo que salía de él, lo era. No quería vivir una mentira y acabar siendo como él, ganando lo que quería a base de mentir.