Míranos.
Con lo que éramos y como hemos acabado. Solo míranos. Solíamos hablar, aunque fuese para poco, para cualquier duda tonta que nos surgiera sobre algo o para preguntar "¿Qué tal?" Pero a los dos nos gustaba mantenernos en contacto, saber de el otro. Si íbamos a algún sitio nos buscábamos con la mirada; si dábamos el uno con el otro deseábamos con ansia el momento para estar juntos y poder charlar, si no teníamos suerte de encontrarnos nos decepcionábamos y pasábamos el día alicaídos. Pero todo cambió. No hubo un por qué, nunca lo hubo, como tampoco hubo un por qué empezar a hablarnos. Y ahora míranos. Mira en lo que se han convertido los deseos de vernos, el ver a la otra persona conectada y saber que te iba a hablar, el pensar que quizá hubiera algo más. Todo se ha vuelto polvo y se ha disuelto en el aire, y lo cierto es que quizá no nos hacíamos tanta falta como creíamos.