Entradas

Mostrando entradas de 2019

La realidad oscura.

Lidia pertenecía a uno de los linajes más ricos de la ciudad. Sus padres provenían de una familia adinerada desde varias generaciones atrás; ellos precisamente tenían el rango de duques, por lo que a ella le pertenecía el de princesa.  Ya era mayor de edad, y desde muy pequeña la habían criado y enseñado a comportarse como lo que es, un miembro de la realeza. Siempre buenas formas, buena educación y una imagen impecable, aunque siempre demostró que no era igual que el resto de princesas. Cuando cumplió dieciocho años, parecía un poco más revolucionaria; muchas veces no estaba de acuerdo con las opiniones del resto de su familia e incluso contestaba dando su opinión al respecto (algo que tenía casi que prohibido hacer); se negaba a vestirse y peinarse como le ordenaban y rechistaba cada vez que salía porque su criada debía acompañarla en todo momento.  Llegó su veinticuatro cumpleaños, y prepararon un gran ágape en el palacio. Invitaron a miles de personas, entre famil...

Un amor de infancia.

Crecieron juntos, se educaron juntos, se desarrollaron (física y mentalmente) juntos, se enamoraron y acabaron envejeciendo juntos. La típica historia imposible pero que las hay. Sofía y Arturo eran dos niños completamente distintos; se conocieron con cuatro añitos, ya que iban juntos a la guardería y además sus madres eran muy buenas amigas, por lo que se veían también fuera del colegio. Al ser tan distintos, desde tan pequeños ya chocaban mucho y se enfadaban, pero al final siempre acababan jugando juntos otra vez, como si hubiese una fuerza externa que los volvía a unir.  Pasaron los años y coincidieron también en la misma clase de primaria. Eran muchas las veces que su profesora hablaba con ambas madres acerca de su comportamiento; se peleaban a menudo pero lo que más le llamaba la atención era cómo después volvían a estar como si nada.  Después llegó la adolescencia, la etapa más difícil, y volvieron a coincidir juntos. Seguían con esa extraña relación de amo...

Mi vergüenza

Insegura y tímida, siempre evitando, en la medida de lo posible, cualquier tipo de contacto visual. Salía lo justo, solo cuando era estrictamente necesario y con una vestimenta grande.  Solía decir que no salía porque estaba a gusto en casa, viendo alguna película o leyendo un libro.   - Mi habitación es mi refugio- decía cuando le preguntaban.  Pero no daba ninguna explicación más. Y la única verdad era que, allí refugiada y escondida de la sociedad, era donde de verdad se sentía segura. Es más, hasta le gustaba mirarse en el espejo y se gustaba físicamente ; porque esa era la razón de su escondite, huir de los comentarios de los demás sobre su cuerpo.  ¡Gorda! ¡Obesa!, insultos por el estilo que solo aumentaban sus ganas de quedarse escondida para siempre. Otras veces ni siquiera hacían comentarios, sino que el daño estaba en su mente y ella escuchaba esas voces.  Hasta que al cabo de un tiempo, se miró al espejo y se dijo "Ya está bi...

Lo que pesa en la mirada.

Una sonrisa no es sinónimo de estar bien, reír por un chiste que te acaban de contar no significa que no haya ningún problema y estar bien, en general, no quiere decir nada. Se pueden tener miles de problemas, ya sean personales, de trabajo, de salud...que no todo el mundo  se va a percatar de ello. Noté que ella no estaba bien, que algo la perturbaba por dentro. No me lo dijo directamente, pero su expresión y su forma de estar en ese preciso momento hablaban por sí solas. Y es que cuando conoces muy bien a una persona sabes qué le ocurre con solo mirarle a los ojos; siempre he pensado que la mirada es el reflejo del alma.  Y no me equivocaba. Me dispuse a preguntarle qué le pasaba cuando se derrumbó en mis brazos en un mar de lágrimas; ni siquiera me dio tiempo a formular la pregunta. Es por eso que sé que no solo se trata de preguntar sino de estudiar la mirada de la otra persona, ya que todo lo que pesa en el alma es reflejado en la mirada.  

Querer mejor.

Si algo he aprendido con el tiempo es a construir bien las frases, las expresiones que usamos. No nos damos cuenta de la importancia de esto hasta que empezamos a cometer algún error, fruto de haber usado mal una expresión.  He de decir que ésto no lo he aprendido por experiencia propia; en ningún momento he tenido problema alguno con lo que yo haya expresado, pero sí que lo viví desde cerca. Cuando era una niña, de unos siete u ocho años, tenía que escuchar muchas veces cómo discutían mis padres. Yo nunca estaba presente, me refugiaba en mi cuarto con mis muñecas e intentaba hacer como si no pasara nada, pero a veces las voces traspasaban los muros y era inevitable escucharlo todo. También es cierto que otras muchas veces se querían tanto que no podían pasar un momento separados, y me encantaba verlos así.   - Te quiero- decía mi madre.   - Yo te quiero más - contestaba mi padre.  Pero pasaron los años y cumplí los dieciséis, momento en el que mis...

Labios rojos.

Daniel no era un chico al que le gustase mucho salir de fiesta; era más bien tímido, le costaba mucho abrirse a los demás y había días que prefería estar solo en su cuarto. Sin embargo, aquel sábado noche decidió salir con sus amigos a la feria del pueblo, sin saber que esa noche cambiaría su vida por completo. Silvia, en cambio, era todo lo contrario a Daniel. Cada vez que tenía ocasión salía con sus amigas; para ella el mejor plan era siempre estar fuera y alejada de casa. Le encantaba relacionarse con la gente, reír a carcajadas, colores llamativos; era de pintalabios rojo incluso en días grises. Como de costumbre, es noche salió a la feria del pueblo; el mismo día y el mismo pueblo que Daniel. Había mucho ambiente aquel día; niños correteando como locos y gritando en las atracciones, familias enteras disfrutando de una buena cena, casetas a reventar de jóvenes y música, mucha música. Daniel y sus amigos entraron a una de las casetas más conocidas, La Bailona , y se pid...

Lo más difícil es ver lo evidente.

En la vida nos negamos a hacer muchas cosas: un viaje, una actividad, ir al gimnasio,cambiar de estilo, hacer algo que cambie tu vida por completo y haga que ésta de un giro de 360º.  Hay veces, incluso, que nos negamos a amar a alguien, a compartir historias y momentos, a contarnos secretos o a sincerarnos; a pesar de ser cosas que hacen de la vida algo bonito. ¿Y qué hay detrás de tantas negaciones? El miedo. Ese mismo miedo que nos impide ver algo que es evidente, algo que está justo delante de nuestras narices pero que de alguna manera ocultamos. Y así, ocultando la verdad, solo conseguimos vivir una realidad paralela en la que todo es como nos gustaría. El problema llega cuando abrimos los ojos y la realidad nos golpea en la cara; y duele, aun sabiendo que éramos conscientes de todo.

200 Besos

Jamás olvidaré aquella frase que me dijo un tiempo antes de vernos: "No te daré ni 1, ni 2, ni 3, sino 200 besos. Uno por cada día sin vernos." Es decir, llevábamos todos esos días sin vernos, separados; tuvo que irse de viaje de negocios todo ese tiempo a Berlín, a 2000 kilómetros de distancia.  Antes de irse estuvimos hablando sobre si seguir con nuestra relación o no, y al final decidimos seguir: "nuestro amor es más fuerte que la distancia y el tiempo que nos separa.", dijimos. Hablábamos todos los días e incluso había días que hacíamos videollamada; había días que nos daba la sensación de que la relación se estaba enfriando, o al menos yo lo pensaba. Pero a la vez pensé que serían tontería mías, que todo estaba bien. Pasó el tiempo y su estancia en Berlín llegaba a su fin. Decidí ir al aeropuerto a recibirle, a modo de sorpresa, y por fin darnos los besos que tanta falta nos hacían. Allí estaba, con cara de agotamiento por el viaje. Supongo que...

Distancia.

Sabía de sobra que hay muchas cosas que pueden afectar a la relación entre dos personas, pero creo que ya he averiguado cuál es la causa mayor en la ruptura de una buena amistad, de una relación amorosa e incluso de una relación familiar. Pensé, ¿qué puede ser peor que la desconfianza o la mentira, por ejemplo? Encontré la solución, no porque me dio por ponerme a pensar en ello como una loca, sino porque lo estaba viviendo en esos momentos.  La distancia, pero no la distancia que estaréis pensando; no tiene nada que ver con el espacio, con que dos personas estén separadas por unos kilómetros. No. Me refiero a esa distancia que se empieza a dar entre dos personas cuando el cariño, la confianza, el respeto, la fidelidad, el amor...Todo, empieza a fallar.  Y cómo jode sentir cómo esa persona y tú os empezáis a alejar poco a poco hasta terminar siendo dos desconocidos de nuevo, pero con muchos recuerdos en común. 

No me gusta.

Michelle  y yo eramos amigas desde niñas, desde aquella vez en segundo de primaria cuando descubrimos que eramos almas gemelas e incapaces de estar separadas la una de la otra. Fuimos creciendo juntas, fuimos al mismo instituto y hasta estudiamos la misma carrera universitaria. Lo compartíamos todo: ropa, zapatos, complementos, conversaciones (hasta de las más íntimas), momentos e incluso nuestros mayores secretos. Eramos como hermanas. Lo que más me gustaba era hablar de chicos, de los romances que teníamos; sobretodo en la adolescencia. Pero nos hicimos mayores, adultas, y esa época llena de romances acabó. Un día quedamos por la tarde para tomar café; ella estaba radiante de felicidad, y tenía motivos.  -¡Se te ve feliz!-dije- ¿Puedo saber el motivo?  -El motivo tiene nombre y apellidos - contestó Michelle.  -¡No me digas!  -¡Tom Jonhson!- contestó con entusiasmo- ¿Te acuerdas de él?  -¡Claro! El chico con el que empezaste a salir de...

Comerse la vida.

Hace años, cuando estaba ingresado por un simple virus (el cuál pensaréis que no sería tan simple cuando me obligaba a estar en cama), conocí a una gran persona que me hizo ver la vida de otra manera, con otros ojos. Esa persona se llamaba Carlos, y era todo un señor, un anciano. Él era mi compañero de habitación, aunque él prefería llamarme a mí "compi".  Carlos estaba ingresado, pero no por un simple virus (ojalá); tenía cáncer de colon. Y pensaréis, buah pues qué rollo estar metido en una habitación todo el día con un viejo, pero he de deciros que fueron las mejores semanas de mi vida. Para mi fue toda una experiencia.  todo el mundo asocia el estar enfermo con estar apagado, sin ganas de reír, sin ganas de hacer nada...Sin ganas de vivir. Bien, pues ese hombre demostraba todo lo contrario; a pesar de tener tal enfermedad, de estar constantemente con pastillas y con quimioterapia, siempre estaba sonriendo y sin perder el sentido del humor. Era un ejemplo de su...

Sueños dibujados.

Desde que era pequeña sentí un gran aprecio hacia los niños, suena raro, porque para aquel entonces yo también era una niña. Pero era de las mayores, y muchas veces me tocaba cuidar de mis primos, años más pequeños que yo. Fue ahí, en los momentos que pasaba con ellos, notando su inocencia, sus ganas de vivir, de aprender... Cuando me di cuenta de que quería dedicar mi vida a cuidar de ellos y a enseñarles todo cuanto pudiera.  Fue por eso que decidí estudiar educación, y de entre todas las especialidades, educación primaria; quería estar rodeada de niños como cuando lo estaba con mis primos.  Lo que más me gustó fueron los meses de prácticas. Sentir la alegría de esos niños, cómo aprendían en parte gracias a mi y cómo reían e incluso lloraban. Después de acabar la carrera, como todos los demás estudiantes de educación, estudié para las oposiciones. Tuve suerte, conseguí la plaza y encima, en el colegio de mi infancia.  Pasaron los años, y cada vez me gustaba...

El viaje secreto.

Cometer locuras era uno de esos rasgos personales que mejor la describía. Arriesgarse, aunque algunas veces no saliera bien; hacer una locura con la cual nadie estaba de acuerdo. Ella lo hacía, le gustaba llevarle la contraria a todo el mundo; ya lo había hecho alguna que otra vez y no tenía pensado no volver a hacerlo.  Solía decir que cometer locuras es de cuerdos y que quien no arriesga no gana, por tanto prefería tener por unos momentos a alguien en contra antes que dejar pasar la oportunidad de ser feliz.  Así que planeó su próxima locura, algo que no había hecho antes. Salió temprano de casa, con destino desconocido para todos excepto para ella y alguien más. Había planeado un viaje secreto, cuyo destino no era otro que ver al chico que le gustaba. Lo que no sabía es que repetiría una y otra vez, hasta que dejó de ser secreto.

El deseo y el miedo.

Creo que no puede haber peor mezcla de sentimientos en el alma de una persona que la del deseo y la del miedo. Dos sentimientos tan distintos, que a simple vista parecen imposibles de vincular pero que a la vez son complementarios el uno del otro. Esos momentos en los que deseas algo con tantas fuerzas, amor, dinero, un trabajo...la cosa más estúpida que se pueda desear pero de repente te sientes bloqueado; es el miedo. el miedo a desear algo con tantas fuerzas que pueda desaparecer o que simplemente solo se quede en deseo y nunca se cumpla. Ojalá fuesen sentimientos que nunca estuviesen relacionados entre sí; ojalá poder desear algo sin sentir ese miedo que hace que te tiemble todo el cuerpo, la voz y hasta la respiración.

La amante del asesino.

Inexperta en eso del amor, comenzó a hablar con un chico que conoció de casualidad. Sentía miedo, miedo de no ser suficiente, de no gustarle y que solo fuesen ilusiones suyas, miedo a sentir lo desconocido.  Los dos de la misma ciudad, apenas separados por unos metros de distancia. Se hablaban todos los días, a todas horas. Compartían casi todos los gustos y hobbies , la conexión era total. Y a ella poco a poco le iba gustando más, y a él, aparentemente, también. La única diferencia que había entre ellos era la edad; ella apenas una niña, con 16 años, él de 24. Ese era otro factor que le daba miedo al principio, hasta que vio que no tenía por qué temer nada. Pasó más tiempo, 4 meses, la confianza era aún mayor, evidentemente y llegó el esperado momento:   - ¿Quieres que nos veamos esta tarde? - le propuso él.   - Vale - le sonrió a la pantalla. Se vieron y fue una tarde bastante agradable; risas, alguna que otra caricia, buena conversación...etc. L...