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Mostrando entradas de enero, 2017

100 millones.

Al final, para la inmensa mayoría, la felicidad consiste en obtener un millón y no morir antes de gastarlo. Para mí, la felicidad, sin embargo, es que tú abras con pereza un ojo a las cinco de la mañana. Titubees mi nombre como si fuese tu primera palabra y esperes con inquietud a que yo responda el tuyo como si fuese la última. Siendo esto tan simple, a veces me pregunto por qué ellos parecen más esperanzados en la felicidad siendo su deseo mucho más complejo que el mío.  Supongo que porque en este momento es más probable que yo obtenga un millón a que tú vuelvas a llamarme. 

La leyenda del hilo rojo.

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Existe una leyenda, lejana y oriental, según la cual todos nacemos con un hilo rojo invisible atado a un dedo de la mano. Ese hilo conecta a aquellos que están destinados a encontrarse y estar juntos.  No importa cuántas personas pasen por tu vida ni el tiempo que éstas permanezcan a tu lado; el hilo tirará de vosotros hasta uniros.  Sabrás quién es la persona al otro lado del hilo cuando estés con alguien que parezcas conocer de antes, como de toda la vida; con la que sientas que sois uno. No importan las circunstancias, ni el lugar; el hilo puede estirarse, contraerse o enredarse pero nunca se romperá.  ¿Quién sabe si nuestro hilo está de alguna manera diciéndonos algo?                       

Ascensor.

Iban hablando y riendo, como cada vez que se juntan; hasta que entraron en el ascensor. Ahí, de pronto, se hizo el silencio.  Durante las cuatro plantas de recorrido estuvieron callados y mirando hacia abajo, pensando, vete tú a saber qué; o al menos eso pensaba ella, que él también miraba al suelo, pero no. Cuando alzó la vista, la miró y parecía llevar una eternidad haciéndolo. Se dedicaron una leve sonrisa que parecía decir en qu(i)é(n) habían estado pensando.

Condenas.

Un día entendí que no todas las condenas se sufren igual. Ni tampoco son iguales. Pensé que la palabra "condena" hacía solo referencia a lo carcelario, a estar en prisión, a algo relacionado con la policía...pero estaba equivocada. Hay condenas que se sienten más adentro.  Hay nombres que son condenas, suena simple; y la mía era tu nombre, su nombre...el mismo nombre al que de alguna manera o por distintas casualidades siempre estaba atada. Fue la mayor condena que nunca tuve, y lo peor de todo era cómo se sentía; el escapar era algo casi imposible, ya que mirase donde mirase ahí estaba tu nombre. Estaba condenada a cadena perpetua.