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La semilla de la duda.

Siempre con la mirada perdida, pero no con la mente en blanco, sino llena de preguntas. Era un "Mirando a la nada, pensando en todo". Porque sí, su mente estaba llena de dudas, de preguntas sin respuesta, o más bien, de preguntas a las cuales no le encontraba respuesta. Y no porque no lo intentara, sino porque su cabeza estaba inundada de "por qués" pero no de "porque". Su mente era un laberinto. Hilos de respuestas a posibles preguntas, pero todas entrelazadas. Hasta que se dio cuenta de dónde estaba el problema, la semilla de todas las dudas que le rondaban la cabeza.  En el miedo.  Miedo a esto, miedo a lo otro...pero sobre todos los miedos estaba el miedo a obtener la respuesta que no quería escuchar y que, sin embargo, sabía que era la correcta.

Oraciones al mar.

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Allí, frente al mar, era donde mejor se encontraba. Fuera de lugar pero a la vez se encontraba a sí misma.  Cada vez que algo no iba bien, que las cosas se retorcían, que quería pensar o simplemente relajarse durante un rato, iba allí. Pero lo que más le gustaba era ir cuando no había nadie, cuando podía sentir la brisa tan cerca como si ésta le estuviera abrazando; el mar y ella. Además, de pasar las horas muertas allí, había adquirido un "hobby", escribir. Cuando se sentaba frente al mar, no podía evitar sentirse inspirada por éste; mirar el horizonte, pensar y acabar plasmándolo todo en frases o pequeños textos. Claro que, en cierto modo, no era solo un "hobby"; su abuela solía llevarla a ese mismo rincón cuando era una niña. A diferencia de ella, su abuela se sentaba a su lado, y tras unos minutos en silencio, contemplando, empezaba a contarle pequeñas historias.  Le encantaba escucharla. Otras veces incluso cantaba, canciones u oraciones que so...

Señales de vida.

Desde que entró allí todo le parecía un poco distinto, incluso, por qué no decirlo, extraño.  A sus 26 años, después de unos meses con su puesto de trabajo fijo, decidió valerse por sí mismo así que se independizó. Vio un anuncio de una pequeña casa a las afueras, en alquiler; el precio le pareció bastante razonable y, por las fotos, la casa parecía muy acogedora. Otra cosa es la realidad. Cuando la casera le acogió, una mujer mayor pero muy entrañable, le comenzó a enseñar la casa. Habitación por habitación, hasta que llegó al dormitorio.  - Este era el dormitorio de mi nieto. ¿Sabes? Me recuerdas mucho a él. +¿Y como es que su nieto no está viviendo aquí? - Bueno, cuando era pequeño murió. Nunca supimos la razón, pero sí que había sido una gran pérdida. +Vaya...lo siento mucho, señora. - No te preocupes, ya hace mucho tiempo de aquello. El chico se quedó un poco extrañado tras esta conversación. + Pero, entonces...¿cómo es que le recuerdo a él? ¿Qué edad tenía...

Ilusiones que mueren.

No era como el resto de las veces, es decir, las demás ocasiones se sentía de otra forma. Su corazón solía latir con más fuerza de lo normal, como si se le fuera a salir del pecho; lo mejor era que sabía que esa sensación le encantaba, era como estar en una nube. El problema, porque siempre lo había, era que aparte de saber que eso le gustaba también sabía que se acababa y a veces más pronto de lo que esperaba. Ahora cada vez que debería sentirse así era todo lo contrario; simplemente no sentía. O quizá también era un mecanismo de defensa para hacerse creer que no sentía, lo cual sabía que no era del todo cierto. -¿Sabes? Me he dado cuenta de que ya no me pasa como antes, eso de ilusionarse con algo quiero decir. +Bueno, quizá antes lo hacías más rápido de la cuenta. -Sí, puede ser, pero ahora creo que ya es como algo definitivo. Hay ilusiones que acaban muriendo. +Pues solo te puedo decir una cosa, puede que como tú dices haya ilusiones que acaban desaparecien...

No estoy hecha para nadie.

Era una chica insegura, quizá demasiado. Además de reservada, ya que se lo guardaba todo para sí misma, hasta lo más simple, lo que no dudaría en contarle a alguien de confianza. Hasta que un día encontró a la persona adecuada con la que hablar de todo aquello, y más cerca de lo que nunca habría imaginado, en su propia casa.  Una vez se estaba probando unos vestidos en el espejo de su habitación y empezó a preguntarse (en voz alta) por qué aún no había encontrado a su "príncipe azul". De pronto, algo detrás de ella empezó a brillar, una pequeña luz, que dio lugar a una pequeña persona, un hada. La chica, al ver el reflejo en el espejo, se giró bruscamente y se quedó un rato contemplando la figura. Entonces el hada habló: -Pequeña, parece que has visto un fantasma. Al cabo de un rato, la chica fue capaz de articular palabra: +¿Acaso no lo eres? -A cualquier cosa se le llama hoy en día fantasma. Pero no, no lo soy. Soy el hada que habita en tu dormitori...

Si no das, no pidas.

En los últimos meses todo había cambiado entre ellos. La forma de hablarse, de mirarse, de tratarse...todo. Eso sí, de forma distinta. Ella había cambiado para bien mientras que él a peor, mucho peor, hasta tal punto que era irreconocible. Aun así, trataban de resolverlo. A veces parecía que iba bien, que quizá recuperarían lo que habían perdido, hasta que se estropeaba. siempre había algo que lo jodía todo y entonces, tenían que volver a empezar. Y eso hacían, empezar y empezar una y otra vez, como una canción en modo repetición. Casi todas las veces que la situación se estropeaba era por él y su falta de ímpetu. Ella creía creer, o más bien, quería creer que ponía todo de su parte, que a pesar de todo el cariño y amor seguía ahí y por tanto volvería. Al menos eso le hacía creer.  Sin embargo había veces que ya no soportaba más los desplantes ni su indecisión, ya que unas veces le decía que si, que quería volver a empezar de 0 y con buena letra, y otras todo lo contra...

O todo o nada.

Era de las que se la jugaban a todo o nada, y esto era aplicable a todo ámbito. En muchos de los casos en los que lo hacía no le importaba perder, de hecho, le encantaba. Sabía que perdiendo iba a aprender, aunque para ello tuviese que jugársela más de una vez y perder una y otra. Pero, a pesar de tener ese carácter, luchador, también le gustaba ver que los demás lo hicieran y con ello conseguir metas. al igual que le gustaba que se la jugasen por ella, pero a todo o nada, como ella decía. Lo que significaba que si la otra persona tenía que perder algo o pudiese perder algo, que se arriesgara si por su persona se trataba. Simplemente, porque no le gustaban "las cosas a medias".

Lo mejor.

Siempre se ponía en lo peor, era como su pequeña gran manía. Decía que prefería pensar así antes que llevarse la sorpresa. Su vida no había sido fácil. Una y otra vez le acechaban los problemas, como si fuese un imán de negatividad. Y casi, porque pocas veces se topaba con algo de suerte. Y cuando parecía que ésta le sonreía, poco duraba. Por eso, decidió cambiar de mentalidad, ya que era de las personas más optimistas que había conocido. Y la verdad que fue una buena técnica; ahora todo lo que antes era malo, era lo contrario. Gracias a esa decisión su vida cambió a mejor.  Lo mejor había sido ponerse en lo peor. 

Une folie à deux.

Cada vez que se juntaban eran como dos niños, o más bien dos adultos que al juntarse conseguían volver a la infancia, y olvidar que eso ya pasó una vez y nunca más se volvería a repetir. El tiempo es algo que nunca vuelve una vez pasado.  Hacían esas cosas que solo los niños son capaces de conseguir, disfrutar de la vida sin preocupaciones; podía estar pasando cualquier cosa a su alrededor que ellos no se entrarían. Conseguían aislarse, como desplazarse a un mundo completamente distinto en el que solo estaban ellos, y en el que no necesitaban nada más que sus risas. Era como un mundo en el que vivían una constante aventura, como aquellas historias en la que hay que escapar de un monstruo o algo parecido. Y bueno, para qué hablar de las miradas...si cada vez que se miraban se perdían en un abismo. Eran de esos que se miraban y se empezaban a reír, como habiendo dicho mucho sin pronunciar una palabra. Era una locura de dos.  Parecían justo lo que no eran pero que ...

Amantes eternos.

Pasaban las horas hablando, de cualquier cosa, aunque en verdad nunca hubo confianza. Se veían, normalmente a deshoras, cuando nadie los podía ver, cuando caía la noche y todo estaba tan oscuro que nada se distinguía bien; era la hora perfecta. Había algo entre ellos. A veces les daba por llamarlo amor, pero ambos sabían que eso solo era una mentira dentro de las más grande. Amor era lo que "sentían" por la otra persona, porque había otra, y esa era la pareja de ambos.  Los dos tenían su pareja estable y los dos presumían de estar en el mejor momento. Pero también sabían que si todo se descubría nada quedaría; perderían a su pareja y también se perderían el uno al otro, simplemente por haber causado las rupturas con su juego. Lo que más les gustaba era que todo fuese un secreto, el mantenerse ocultos y saber que algún día todo sería descubierto. Que eran amantes eternos y encontrarse era su karma.  

Cárcel de oro.

Tenía la vida más envidiable, a la vez que cómoda, que todo el mundo desearía tener. No le faltaba nada, debido al buen nombre y posición de su familia; poseía el dinero que quería, se podía costear los trajes más caros, tener todo lujo de cuidados, los cuáles mucha gente no puede costearse, tenía muchísimas joyas. Además, en su lujosa casa, también había servicio: criadas, cocinera y hasta mayordomo. Pero sí que, detrás de tanto lujo y posesión, le faltaba algo y quizá lo más importante, amor. Su madre murió cuando aún era una niña así que vivía sola con su padre. Echaba mucho de menos el cariño de su madre, pues la relación que tenía con su padre no era de las mejores. Se pasaban el día y la noche discutiendo, en la mayoría de los casos por cuestiones de honor de la clase alta. Su padre era muy fiel a esos pensamientos, ella sin embargo quería sentirse libre de esos pensamientos. Otro de los temas por los que solían acabar discutiendo era que su padre estaba empeñado en que ...

Acércate.

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Decidieron darse un tiempo. Debido a la mala racha que estaban pasando, pensaron que quizá ese tiempo les ayudaría a atravesar esa racha y a solucionarlo todo para así poder volver a estar como antes. Lo que no sabían era que la mejor solución era hablar y no tratar de dejar pasar el tiempo sin verse ni pronunciarse una palabra. Todo lo contrario, habían agravado la situación.  Intentaron vivir cada uno su vida por separado, pero se les hizo algo imposible ya que el tiempo que habían compartido no había sido poco.  Él se pasaba el día encerrado en casa con la música a tope, pero ni la música lograba hacer que dejara de pensar en ella. Viendo que no servía de nada, pasó a un plan B, salir y distraerse con sus amigos, pero ni con esas lograba quitársela de la cabeza, para cuando se quería dar cuenta se había quedado embobado pensando. Por las noches no paraba de mirar su última conexión, las últimas conversaciones, las fotos...Y así hasta que lograba quedarse d...

100 millones.

Al final, para la inmensa mayoría, la felicidad consiste en obtener un millón y no morir antes de gastarlo. Para mí, la felicidad, sin embargo, es que tú abras con pereza un ojo a las cinco de la mañana. Titubees mi nombre como si fuese tu primera palabra y esperes con inquietud a que yo responda el tuyo como si fuese la última. Siendo esto tan simple, a veces me pregunto por qué ellos parecen más esperanzados en la felicidad siendo su deseo mucho más complejo que el mío.  Supongo que porque en este momento es más probable que yo obtenga un millón a que tú vuelvas a llamarme. 

La leyenda del hilo rojo.

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Existe una leyenda, lejana y oriental, según la cual todos nacemos con un hilo rojo invisible atado a un dedo de la mano. Ese hilo conecta a aquellos que están destinados a encontrarse y estar juntos.  No importa cuántas personas pasen por tu vida ni el tiempo que éstas permanezcan a tu lado; el hilo tirará de vosotros hasta uniros.  Sabrás quién es la persona al otro lado del hilo cuando estés con alguien que parezcas conocer de antes, como de toda la vida; con la que sientas que sois uno. No importan las circunstancias, ni el lugar; el hilo puede estirarse, contraerse o enredarse pero nunca se romperá.  ¿Quién sabe si nuestro hilo está de alguna manera diciéndonos algo?                       

Ascensor.

Iban hablando y riendo, como cada vez que se juntan; hasta que entraron en el ascensor. Ahí, de pronto, se hizo el silencio.  Durante las cuatro plantas de recorrido estuvieron callados y mirando hacia abajo, pensando, vete tú a saber qué; o al menos eso pensaba ella, que él también miraba al suelo, pero no. Cuando alzó la vista, la miró y parecía llevar una eternidad haciéndolo. Se dedicaron una leve sonrisa que parecía decir en qu(i)é(n) habían estado pensando.

Condenas.

Un día entendí que no todas las condenas se sufren igual. Ni tampoco son iguales. Pensé que la palabra "condena" hacía solo referencia a lo carcelario, a estar en prisión, a algo relacionado con la policía...pero estaba equivocada. Hay condenas que se sienten más adentro.  Hay nombres que son condenas, suena simple; y la mía era tu nombre, su nombre...el mismo nombre al que de alguna manera o por distintas casualidades siempre estaba atada. Fue la mayor condena que nunca tuve, y lo peor de todo era cómo se sentía; el escapar era algo casi imposible, ya que mirase donde mirase ahí estaba tu nombre. Estaba condenada a cadena perpetua.