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Adiós.

Le dije adiós tantas veces que llegó a ser una forma de no irme nunca. Cada vez que decía adiós me retumbaba la calma en los costados, porque no era adiós, era estoy aquí, era ven a buscarme que sólo tú me encuentras. Decirle adiós era acorralar a la esperanza. Era esperarle y perderle al mismo tiempo. Adiós. Adiós. Adiós. Perdí la cuenta; dije adiós más veces de las que merecía, de las que podía soportar. Decirle adiós fue atarme a su recuerdo en la cárcel del olvido.

Caer en ti.

Eso es lo que hago, una y otra vez, caer en ti. Recordando que una vez fuimos, y al cabo dejamos de serlo. Que te veía y mi estado de ánimo cambiaba, yo cambiaba. Caigo en ti, como lo hacía antes, queriendo hablar contigo a todas horas y sabiendo que es mejor que no lo hagamos. Queriendo verte, sabiendo que no nos conviene, que no me convienes. Pero se, que al igual que yo caigo en  ti, tú también lo haces; que no puedes evitar recordar las miradas y las palabras, y que al fin y al cabo, eso es lo que nos hace volver a caer en esa tentación, los recuerdos.

Ese libro.

Quizá no sepa lo que realmente sientes, lo que verdaderamente te deja sin sueño, quizás sientas que, en ocasiones, vas hacia la nada, que caes en picado, en una caída libre constante, quizás has pensado muchas veces en rendirte, pero... ¿Sabes qué? Si sigues pensando eso, te perderás las cosas más bonitas que tiene la vida, te perderás a esas personas que constantemente estén a tu lado e intentan ayudarte, quizás tengas que, ya no sólo por esas personas, si no por ti, levantarte, mirar hacia delante, quitarte las cadenas que te oprimen a esa soledad sin justificación y escribir un nuevo capítulo de ese libro que se titula "Tu vida".

Deja de mentirme.

Siempre tenía una palabra bonita, siempre tenía piropos para cada momento, el exacto, el que hacía falta; tenía el "don de la palabra". Pero ese era el problema, que las palabras bien, pero de nada servían si no había hechos. Si peleábamos, encontraba la palabra perfecta para que la situación cambiase, y sino hacía cualquier tontería y me acababa riendo.  Pero me cansé, le dije que dejara de mentirme. Que si todo lo que decía, incluidos los piropos, no eran sinceros, que lo dejase ya; no soportaba las mentiras, y sentía que todo lo que salía de él, lo era. No quería vivir una mentira y acabar siendo como él, ganando lo que quería a base de mentir. 

Sentimientos mutuos.

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No sabía cómo sentirse. Desde ese primer "Hola" todo cambió. No se conocían de nada, pero esa primera palabra fue la clave para hacer que estuvieran unidos de alguna forma.  Pensaba que, conforme se iban conociendo, él estaba interesado de verdad; se mostraba cariñoso e interesado por ella, pero no. Siempre le ocultó su vida personal.  Se dio cuenta de que la quería como un capricho pasajero, así que se distanciaron; a veces se arrepentía de haberlo conocido, pero sabía que eso no era cierto. De alguna forma no podían separarse, era como si un pequeño hilo a punto de romperse les uniese.  Se seguían llevando bien, pero por algún motivo ya no se mostraban el mismo cariño. Aunque cada vez que se veían se dijesen cuatro cosas, o quizá ninguna, durante el resto de horas se miraban, y en esas miradas se decían todo lo que no podían con palabras y que a la vez les dolía tanto no poder expresar.  Era un sentimiento mutuo de querer y no poder.

No, no estoy bien.

¿Cómo estarlo cuando la persona que más te importa te considera un cero a la izquierda?  ¿Cómo estarlo cuando te das cuenta que no eres tan especial como algunos dicen?  ¿Cómo sonreír cuando por dentro estoy gritando de dolor?  ¿Por qué debería fingir que sí estoy bien? ¿Para no llamar la atención de los demás y "aprender a ser fuerte"?  Yo no quiero eso. Yo no quiero fingir que soy fuerte porque sé que no lo soy. Y no mentiré diciendo que soy la persona más feliz y afortunada por el simple hecho de vivir. Porque nadie lo es. Nadie es completamente feliz. Todos tenemos esos momentos en los que "no estamos bien".

Lecciones de la vida.

De niña soñaba con un mundo distinto, un mundo en el que la gente fuese distinta a la del mundo real.  Soñaba con un mundo fantástico en el que nada tenía sentido, pero para mí era tan real como éste.  En él hacia vida normal, conocía gente nueva, practicaba las lecciones dadas en clase, leía, corría...Y por supuesto, en ese mundo siempre tenía un hueco para mí, para pensar en qué era lo correcto en cada momento, para pensar si iba por el buen camino e incluso para plantearme un futuro.   Pero en ese mundo también vivía experiencias por las cuales preferirías no pasar en la vida real; eso sí, a partir de ellas aprendí a razonar y a saber afrontar determinadas situaciones. Y fue eso, mis sueños, y no otra cosa, lo que me hizo abrir los ojos.