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Míranos.

Con lo que éramos y como hemos acabado. Solo míranos.  Solíamos hablar, aunque fuese para poco, para cualquier duda tonta que nos surgiera sobre algo o para preguntar "¿Qué tal?" Pero a los dos nos gustaba mantenernos en contacto, saber de el otro. Si íbamos a algún sitio nos buscábamos con la mirada; si dábamos el uno con el otro deseábamos con ansia el momento para estar juntos y poder charlar, si no teníamos suerte de encontrarnos nos decepcionábamos y pasábamos el día alicaídos.  Pero todo cambió. No hubo un por qué, nunca lo hubo, como tampoco hubo un por qué empezar a hablarnos. Y ahora míranos.  Mira en lo que se han convertido los deseos de vernos, el ver a la otra persona conectada y saber que te iba a hablar, el pensar que quizá hubiera algo más. Todo se ha vuelto polvo y se ha disuelto en el aire, y lo cierto es que quizá no nos hacíamos tanta falta como creíamos. 

Sigue respirando.

Hace tiempo que murió, pero sigue respirando. Se dio cuenta de que hay momentos en los que no hay marcha atrás, que todo cambia. Y eso modificó su vida. Sigue ahí, pero nada es igual. Avanzan los días, pero no las emociones. Nada le hace sonreír del mismo modo. Vive a base de sonrisas de galería y escudos en el pecho. No más daños, nada será parecido. Miedo, siente miedo de caer y no levantarse más. Antiguo dolor. "Todo mejorará", le susurran. Quiere creer, quiere volver a confiar. Queda mucho, pero en el fondo nunca se rinde. 

Misterio.

Sentía algo raro en su interior cada vez que se veían.  Al principio no sabía bien el por qué de esa sensación, pero poco a poco fue averiguándolo, conforme los días iban pasando. Todo se debía a que le estaba empezando a gustar, de una manera inexplicable. Y no quería compartirlo con nadie, quería guardarse su pequeño secreto con ella; no lo compartiría ni con sus más allegados. Lo único que deseaba, ya que sentía que nunca le pertenecería ni estaría con él (para ella era un amor imposible), era sentir que así, sin que nadie lo supiera, era de algún modo, suyo. Era su pequeño misterio.

Tu océano.

Incapaz de sostenerle la mirada. Por más que quería no podía; sentía la horrible necesidad de evitarle, de apartarle la mirada.  Y la única verdad es que tenía una razón para hacerlo, y era que se perdía. Sí, que se perdía; que si le miraba directamente a los ojos sentía que se perdía en el océano más grande del mundo, del que no podría salir por mucho y muy rápido que nadase, o del que le costaría una eternidad escapar. En un océano... ya que así era el color de sus ojos, de su mirada. Azul como el océano, azul como el cielo que se refleja en éste. Sentía la calma, sentía la brisa, sentía la protección, sentía todo lo que podía sentir...en el lugar más bonito del mundo. Por poco que cruzasen miradas, lo poco que ésta durase, hacía que se sintiese segura y protegida ya que, como dice el dicho "los ojos son el reflejo del alma"; de ahí que sintiera esa incapacidad de sostenerle la mirada, pues a través de ellos podía ver todo lo que su ...

La distancia no es tan mala.

Siempre se ha pensado lo mismo sobre la distancia; que no es bueno tener algo o a alguien lejos, ni poner tierra de por medio entre dos personas. Pero también hay que saber lo que nos conviene o no, y averiguar si es cierto que la distancia no es buena o simplemente es una especie de mito. La distancia no es mala, es más, me atrevería a decir que es todo lo contrario, incluso lo que a veces dos personas necesitan para que todo vaya bien y mejor. La distancia hace que te preocupes más por alguien, casi más que de ti mismo; que le quieras más, que tengas más ganas y ansias de verle...que continué la historia.  También es cierto que, a veces, desespera. Que el hecho de tener a alguien lejos te haga pensar cosas que no son y acabes ahogado en tus propios pensamientos. Por eso mismo, en estos casos hay que combatirla; combatir ese miedo a perderlo todo. Que si quieres a una persona la distancia no es ningún problema, siempre tendrás las mismas g...

Casualidad.

Estaba con su mejor amiga, hablando de lo que suelen hablar, sus problemas personales, con total confianza y seguridad. Ella le preguntó: " ¿Crees en las casualidades? No sé, quizá apareció por casualidad en mi vida..." Entonces de pronto se escuchó una voz de hombre decir: "Yo no creo en ellas." Ella reconoció la voz de ese hombre, era él. Pero no quiso mirar, se quedó de espaldas. Él prosiguió: " Se que apareciste en mi vida porque buscaba a alguien como tú, que me hiciese sentir así. Entonces te vi, nos conocimos y desde entonces no te saco de mi cabeza."  Finalmente, ella se giró, lo miró a los ojos y le dedicó una sonrisa.  Su amiga sabía que era el momento perfecto para dejarlos a solas, con lo que, interpretó el mensaje y marchó con una sonrisa. 

Adiós.

Le dije adiós tantas veces que llegó a ser una forma de no irme nunca. Cada vez que decía adiós me retumbaba la calma en los costados, porque no era adiós, era estoy aquí, era ven a buscarme que sólo tú me encuentras. Decirle adiós era acorralar a la esperanza. Era esperarle y perderle al mismo tiempo. Adiós. Adiós. Adiós. Perdí la cuenta; dije adiós más veces de las que merecía, de las que podía soportar. Decirle adiós fue atarme a su recuerdo en la cárcel del olvido.