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Esa clase de persona.

Me hizo pensar que era de ese tipo de personas en las que se puede confiar ciegamente, en la que depositar tus dudas para poder salir de ellas, un hombro en el que llorar, una abrazo en el que aislarse. Pero era solo cuestión de tiempo que su verdadera identidad saliera a flote.  Al principio me confundió, me engañó como a una tonta pero ¿y qué? Ahora sé que recapacité a tiempo y supe ver lo que en realidad era, todo lo contrario a esa clase de persona que quieres a tu lado, esa clase de persona por la que darías tu propia vida. 

Que se pare el tiempo.

Ojalá hubiera o existiera la manera de hacer para el tiempo en esos momentos que deseas que nunca se acaben. Que por desgracia suele ser al contrario, cuando mejor estás es cuando más corren las agujas del reloj.  Momentos de risas, de felicidad, momentos que compartes con alguien especial y que cuando te quieres dar cuenta, se han acabado.  ¿Por qué no hacer trampas? Podemos parar el tiempo por nuestra cuenta, cogiendo un reloj y parando sus agujas para que dejen de correr o simplemente hacer caso omiso, y quedarnos para siempre en esos momentos.  ¿Por qué vivir encadenados a una rutina en la que el tiempo pasa y no disfrutamos, pudiendo vivir nuestra propia cadena del tiempo?

Errores.

La vida se basa en los errores que cometemos según va pasando ésta, sino ¿cómo habríamos llegado a dónde estamos hoy? ¿cómo hubiéramos  llegado a ser como somos hoy?  No tiene sentido no cometer errores, quien dice no haber cometido nunca quizá sea que ha cometido tantos que no los quiere recordar. De los errores se aprende, y a veces mucho.  Sí, a lo mejor lo perfecto sería borrarlos de nuestra mente para siempre pero he de decir que también satisface recordarlos y saber que has podido rectificar. Errores no son solo fallos en los ejercicios de matemáticas, en los deberes en general o al introducir una palabra que no era la correcta mientras hablabas con alguien por WhatsApp, no. Dentro de esos errores se incluyen personas, de las cuales llega un momento en el que ya no quieres saber nada, decisiones, que te arrepientes de haber tomado a más no poder, experiencias que no querrías volver a vivir...una infinidad de cosas, una vida. 

Míranos.

Con lo que éramos y como hemos acabado. Solo míranos.  Solíamos hablar, aunque fuese para poco, para cualquier duda tonta que nos surgiera sobre algo o para preguntar "¿Qué tal?" Pero a los dos nos gustaba mantenernos en contacto, saber de el otro. Si íbamos a algún sitio nos buscábamos con la mirada; si dábamos el uno con el otro deseábamos con ansia el momento para estar juntos y poder charlar, si no teníamos suerte de encontrarnos nos decepcionábamos y pasábamos el día alicaídos.  Pero todo cambió. No hubo un por qué, nunca lo hubo, como tampoco hubo un por qué empezar a hablarnos. Y ahora míranos.  Mira en lo que se han convertido los deseos de vernos, el ver a la otra persona conectada y saber que te iba a hablar, el pensar que quizá hubiera algo más. Todo se ha vuelto polvo y se ha disuelto en el aire, y lo cierto es que quizá no nos hacíamos tanta falta como creíamos. 

Sigue respirando.

Hace tiempo que murió, pero sigue respirando. Se dio cuenta de que hay momentos en los que no hay marcha atrás, que todo cambia. Y eso modificó su vida. Sigue ahí, pero nada es igual. Avanzan los días, pero no las emociones. Nada le hace sonreír del mismo modo. Vive a base de sonrisas de galería y escudos en el pecho. No más daños, nada será parecido. Miedo, siente miedo de caer y no levantarse más. Antiguo dolor. "Todo mejorará", le susurran. Quiere creer, quiere volver a confiar. Queda mucho, pero en el fondo nunca se rinde. 

Misterio.

Sentía algo raro en su interior cada vez que se veían.  Al principio no sabía bien el por qué de esa sensación, pero poco a poco fue averiguándolo, conforme los días iban pasando. Todo se debía a que le estaba empezando a gustar, de una manera inexplicable. Y no quería compartirlo con nadie, quería guardarse su pequeño secreto con ella; no lo compartiría ni con sus más allegados. Lo único que deseaba, ya que sentía que nunca le pertenecería ni estaría con él (para ella era un amor imposible), era sentir que así, sin que nadie lo supiera, era de algún modo, suyo. Era su pequeño misterio.

Tu océano.

Incapaz de sostenerle la mirada. Por más que quería no podía; sentía la horrible necesidad de evitarle, de apartarle la mirada.  Y la única verdad es que tenía una razón para hacerlo, y era que se perdía. Sí, que se perdía; que si le miraba directamente a los ojos sentía que se perdía en el océano más grande del mundo, del que no podría salir por mucho y muy rápido que nadase, o del que le costaría una eternidad escapar. En un océano... ya que así era el color de sus ojos, de su mirada. Azul como el océano, azul como el cielo que se refleja en éste. Sentía la calma, sentía la brisa, sentía la protección, sentía todo lo que podía sentir...en el lugar más bonito del mundo. Por poco que cruzasen miradas, lo poco que ésta durase, hacía que se sintiese segura y protegida ya que, como dice el dicho "los ojos son el reflejo del alma"; de ahí que sintiera esa incapacidad de sostenerle la mirada, pues a través de ellos podía ver todo lo que su ...