Entradas

100 millones.

Al final, para la inmensa mayoría, la felicidad consiste en obtener un millón y no morir antes de gastarlo. Para mí, la felicidad, sin embargo, es que tú abras con pereza un ojo a las cinco de la mañana. Titubees mi nombre como si fuese tu primera palabra y esperes con inquietud a que yo responda el tuyo como si fuese la última. Siendo esto tan simple, a veces me pregunto por qué ellos parecen más esperanzados en la felicidad siendo su deseo mucho más complejo que el mío.  Supongo que porque en este momento es más probable que yo obtenga un millón a que tú vuelvas a llamarme. 

La leyenda del hilo rojo.

Imagen
Existe una leyenda, lejana y oriental, según la cual todos nacemos con un hilo rojo invisible atado a un dedo de la mano. Ese hilo conecta a aquellos que están destinados a encontrarse y estar juntos.  No importa cuántas personas pasen por tu vida ni el tiempo que éstas permanezcan a tu lado; el hilo tirará de vosotros hasta uniros.  Sabrás quién es la persona al otro lado del hilo cuando estés con alguien que parezcas conocer de antes, como de toda la vida; con la que sientas que sois uno. No importan las circunstancias, ni el lugar; el hilo puede estirarse, contraerse o enredarse pero nunca se romperá.  ¿Quién sabe si nuestro hilo está de alguna manera diciéndonos algo?                       

Ascensor.

Iban hablando y riendo, como cada vez que se juntan; hasta que entraron en el ascensor. Ahí, de pronto, se hizo el silencio.  Durante las cuatro plantas de recorrido estuvieron callados y mirando hacia abajo, pensando, vete tú a saber qué; o al menos eso pensaba ella, que él también miraba al suelo, pero no. Cuando alzó la vista, la miró y parecía llevar una eternidad haciéndolo. Se dedicaron una leve sonrisa que parecía decir en qu(i)é(n) habían estado pensando.

Condenas.

Un día entendí que no todas las condenas se sufren igual. Ni tampoco son iguales. Pensé que la palabra "condena" hacía solo referencia a lo carcelario, a estar en prisión, a algo relacionado con la policía...pero estaba equivocada. Hay condenas que se sienten más adentro.  Hay nombres que son condenas, suena simple; y la mía era tu nombre, su nombre...el mismo nombre al que de alguna manera o por distintas casualidades siempre estaba atada. Fue la mayor condena que nunca tuve, y lo peor de todo era cómo se sentía; el escapar era algo casi imposible, ya que mirase donde mirase ahí estaba tu nombre. Estaba condenada a cadena perpetua. 

Esa clase de persona.

Me hizo pensar que era de ese tipo de personas en las que se puede confiar ciegamente, en la que depositar tus dudas para poder salir de ellas, un hombro en el que llorar, una abrazo en el que aislarse. Pero era solo cuestión de tiempo que su verdadera identidad saliera a flote.  Al principio me confundió, me engañó como a una tonta pero ¿y qué? Ahora sé que recapacité a tiempo y supe ver lo que en realidad era, todo lo contrario a esa clase de persona que quieres a tu lado, esa clase de persona por la que darías tu propia vida. 

Que se pare el tiempo.

Ojalá hubiera o existiera la manera de hacer para el tiempo en esos momentos que deseas que nunca se acaben. Que por desgracia suele ser al contrario, cuando mejor estás es cuando más corren las agujas del reloj.  Momentos de risas, de felicidad, momentos que compartes con alguien especial y que cuando te quieres dar cuenta, se han acabado.  ¿Por qué no hacer trampas? Podemos parar el tiempo por nuestra cuenta, cogiendo un reloj y parando sus agujas para que dejen de correr o simplemente hacer caso omiso, y quedarnos para siempre en esos momentos.  ¿Por qué vivir encadenados a una rutina en la que el tiempo pasa y no disfrutamos, pudiendo vivir nuestra propia cadena del tiempo?

Errores.

La vida se basa en los errores que cometemos según va pasando ésta, sino ¿cómo habríamos llegado a dónde estamos hoy? ¿cómo hubiéramos  llegado a ser como somos hoy?  No tiene sentido no cometer errores, quien dice no haber cometido nunca quizá sea que ha cometido tantos que no los quiere recordar. De los errores se aprende, y a veces mucho.  Sí, a lo mejor lo perfecto sería borrarlos de nuestra mente para siempre pero he de decir que también satisface recordarlos y saber que has podido rectificar. Errores no son solo fallos en los ejercicios de matemáticas, en los deberes en general o al introducir una palabra que no era la correcta mientras hablabas con alguien por WhatsApp, no. Dentro de esos errores se incluyen personas, de las cuales llega un momento en el que ya no quieres saber nada, decisiones, que te arrepientes de haber tomado a más no poder, experiencias que no querrías volver a vivir...una infinidad de cosas, una vida.