Ángel.

No fue hasta que te perdí que me di cuenta de lo mucho que me importabas. Aunque también es verdad, que en cierto modo, eso nos pasa a todos. Porque solo nos atrevemos a decir lo que sentimos cuando todo está perdido.

Cometemos el error de creer que todo es eterno, y estará ahí para siempre y es por eso que cuando lo perdemos duele tanto curarse. 

Yo te perdí a ti, abuelo. Y no sabes lo mucho que me arrepiento de no haber aprovechado más cada momento contigo. Sé que ya han pasado muchos años desde aquel fatídico día, pero nunca deja de doler. Y es que fue tan repentino, que no se termina de asimilar.

No me puedo quejar de infancia a tu lado, ya que casi pasaba más tiempo contigo y la abuela que en casa. Sobretodo en verano. Me molestaba levantarme temprano porque mi madre trabajaba pero se me pasaba al saber que iba allí con vosotros. Esas mañanas en las que iba primero a comprar con la abuela, y al llegar, ya tarde, tú te levantabas (porque en verdad eras un dormilón) y me sentaba a tu lado mientras desayunabas; nunca se me olvidará cuando la abuela se daba media vuelta y me dabas a escondidas de tus galletas favoritas. 

Como cuando mis hermanas y yo jugábamos en el pasillo y la abuela nos empezaba a regañar, pero tú salías en nuestra defensa o aquella vez que llegaste de tu paseo matutino y nos trajiste a cada una una muñeca; no era la muñeca más cara del mundo, pero siempre me encantó. Tenía algo especial y quizá por eso aún la tengo conmigo.

Tu dormitorio, al final del pasillo, siempre era un misterio. No se podía entrar. Hasta que un día nos lo enseñaste, con todas las reliquias que guardabas, que para mi, con toda la inocencia e imaginación de una niña eran como tesoros. 
Y tu coche, el cual siempre estaba aparcado en la esquina de la calle y que no movías para que no te quitasen el sitio, con su famosa rueda pinchada, era tu tesoro.

Luego me fui haciendo mayor, ya entré en el instituto, y nos veíamos menos. De ahí lo de no haber aprovechado el tiempo contigo. Empezaste a enfermar poco a poco, hasta que aquel día, la víspera de San Valentín de 2012, nos llegó la triste noticia de que te había ido.
Nunca me quisieron decir el por qué, y por eso me hice a la idea de que te querías ir a un lugar mejor. 

Y no, no me he olvidado de ti. Más de una vez, cuando siento que no puedo más, me agrada saber que estás ahí, ayudándome desde donde estés. Espero que estés orgullosa de mi y perdones todo lo que haga mal (que no es poco). 

Siempre serás mi ángel de la guardia. 

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