La realidad oscura.
Lidia pertenecía a uno de los linajes más ricos de la ciudad. Sus padres provenían de una familia adinerada desde varias generaciones atrás; ellos precisamente tenían el rango de duques, por lo que a ella le pertenecía el de princesa.
Ya era mayor de edad, y desde muy pequeña la habían criado y enseñado a comportarse como lo que es, un miembro de la realeza. Siempre buenas formas, buena educación y una imagen impecable, aunque siempre demostró que no era igual que el resto de princesas. Cuando cumplió dieciocho años, parecía un poco más revolucionaria; muchas veces no estaba de acuerdo con las opiniones del resto de su familia e incluso contestaba dando su opinión al respecto (algo que tenía casi que prohibido hacer); se negaba a vestirse y peinarse como le ordenaban y rechistaba cada vez que salía porque su criada debía acompañarla en todo momento.
Llegó su veinticuatro cumpleaños, y prepararon un gran ágape en el palacio. Invitaron a miles de personas, entre familiares y amigos, todos de familias adineradas. La fiesta comenzaba a las siete de la tarde, sin embargo algunos de los invitados empezaron a llegar media hora antes. Lidia tardaba tanto en aparecer que sus padres fueron a buscarla a su cuarto.
- Lidia, ¿qué pasa?¿por qué no bajas a recibir a tus invitados? - preguntó su madre nada más entrar.
- No me convence el vestido que me quieren poner, ¡me veo horrible!
- Hija estás preciosa, déjate de tonterías.
- ¿Y por qué me tengo que hacer este recogido? ¡No quiero! ¡Desházmelo! - seguía rechistando.
- ¡Ya está bien Lidia! - contestó su padre- Déjate el vestido y ponte el pelo como quieras, pero baja ya.
Finalmente, Lidia bajó. Llevaba un vestido largo y ceñido, de color granate, a juego con su melena rizada. Todo el mundo la miraba embobada (algunos más que otros) y le decía lo bonita que estaba; justo después todos comenzaron a acercarse a ella para felicitarla.
Pasadas las horas, cuando la fiesta parecía que llegaba a su fin. Lidia aprovechó que todos estaban distraídos y se dirigió a toda prisa al sótano, como si alguien la esperase allí. Y efectivamente, allí estaba Diego uno de los guardaespaldas de la familia. Era unos años mayor que ella pero muy guapo; Lidia se tiró corriendo a sus brazos y se fundieron en un abrazo.
- Por fin hemos encontrado un momento - dijo Lidia mientras le besaba.
- Lidia...no deberíamos hacer esto...- contestó Diego.
- ¿Qué hay de malo en que dos personas se quieran?
- Entre nosotros no podrá haber nada...Tus padres quieren un hombre a tu altura.
- Me da igual - lo besó- De aquí en adelante yo decidiré sobre mí misma.
- Te quiero, Lidia - dijo Diego.
- Y yo. Este será nuestro secreto.
Al cabo de un rato de estar juntos, Diego le sugirió a Lidia que subiese o todos sospecharían. Lidia asintió, se retocó el pintalabios y subió; al tiempo subió Diego para que nadie se diera cuenta de la realidad.
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