El parque.

Como cada día, al salir del instituto, Diego pasaba horas en el parque de al lado de su casa, justo hasta la hora de comer. Algunas veces coincidía con las mismas personas, e incluso ya se conocían, otros sin embargo parecía como si hubiera pasado un huracán y hubiera barrido todo rastro de personas.
Aquel día estaba bastante nublado y el día parecía un poco triste, pero a pesar de ellos le gustaba quedarse contemplando la vida desde su banco. Había poca gente, entre ellos algunas parejas, gente paseando a sus perros y Lucía, una niña de unos 10 años.
Era muy alegre y simpática, a la que le había cogido especial cariño ya que siempre le pedía jugar o le contaba aluna historia suya. Estaba justo a su padre y su perrito, y ella iba corriendo persiguiendo a su perro mientras reía. 
Al cabo de unos minutos, su padre se acercó a ella y le dijo al oído, a lo que ella contestó con un movimiendo afirmativo de cabeza. Poco después, su padre se fue con el perro y Lucía se quedó sola jugando en el parque. Diego no quiso preocuparse de más, ya que seguramente su padre volviese en cuestión de segundos, sin embargo, sentía que debía protegerla como si fuese su hermana pequeña. 
Pasados los minutos, el padre aún no había vuelto y Diego vigilaba a la vez que navegaba en su móvil. De pronto, alzó la vista y vio a Lucía hablando con un señor que no era su padre; un señor alto, moreno y que vestía ropa rasgada. Diego se puso alerta y decidió que debía acudir; salió corriendo y cerca de los dos dijo:
 - ¡Lucía! ¡Qué bien se te da jugar al escondite!
La cogió de la mano y se la llevó disimuladamente, y una vez alejados del hombre, Diego advirtió a Lucía :
 -No debes acercarte ni hablar con gente que no conoces, puede ser peligroso.
Y Lucía contestó :
 - Vale Diego. - le abrazó.
Finalmente llegó su padre y se disculpó por la ausencia. Diego se despidió de ambos y marchó a su casa. 

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