Obsesión y avaricia.

Ocho y media de la tarde, sábado. Ya empezaba a anochecer y se podía ver el sol esconderse bajo las nubes rojizas. Fran  acababa de salir de casa y se dirigía a un local donde su amigo Luis lo esperaba. Al llegar al local, vio a Luis en la puerta; un hombre alto, moreno y vestido negro, quizá para destacar su gran rolex de oro.

Se saludaron con un choque de manos y entraron dentro. Era un local en el que ya por fuera se notaba cierto secretismo y nadie sabía qué pasaba ahí dentro; se trataba de una casa de apuesta clandestina.

Aquel día, al ser sábado, el ambiente estaba algo cargado; gente que debía conocerse entre ellos como para tener acceso al local. Fran estaba muy excitado ya que, a diferencia del resto de días, hoy veía más claro que ganaría mucho más dinero de lo habitual.

Luis también era ludópata, pero Fran era un caso más extremo, ya que en ocasiones, al no conseguir lo que quería, la frustración se convertía en una ira incontrolable. Luis lo conocía muy bien y sabía que en días como hoy, abarrotados de gente, lo que hacía no era del todo correcto ni justo.

El ansia de Fran por conseguir enormes cantidades de dinero no sólo lo incitaba a hacer apuestas más altas y jugar más, sino que otras veces se unía a algún desconocido y se las amañaba para engañarlos y quedarse con todo lo conseguido. Ese día, además, probó un método nuevo que consistía en "contratar" a cualquier jugador prometiéndole que ganaría lo apostado y un extra que él le aportaría. El único objetivo era acabar engañándolo y no pagarle nada al jugador, además de quitarle lo ganado en la apuesta.

A las cuatro de la mañana, Fran llegó a casa con tanto dinero en sus bolsillos que no paraba de oler los billetes y disfrutarlos, deseando que llegase un nuevo día para volver a repetir la jugada. 

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