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Une folie à deux.

Cada vez que se juntaban eran como dos niños, o más bien dos adultos que al juntarse conseguían volver a la infancia, y olvidar que eso ya pasó una vez y nunca más se volvería a repetir. El tiempo es algo que nunca vuelve una vez pasado.  Hacían esas cosas que solo los niños son capaces de conseguir, disfrutar de la vida sin preocupaciones; podía estar pasando cualquier cosa a su alrededor que ellos no se entrarían. Conseguían aislarse, como desplazarse a un mundo completamente distinto en el que solo estaban ellos, y en el que no necesitaban nada más que sus risas. Era como un mundo en el que vivían una constante aventura, como aquellas historias en la que hay que escapar de un monstruo o algo parecido. Y bueno, para qué hablar de las miradas...si cada vez que se miraban se perdían en un abismo. Eran de esos que se miraban y se empezaban a reír, como habiendo dicho mucho sin pronunciar una palabra. Era una locura de dos.  Parecían justo lo que no eran pero que ...

Amantes eternos.

Pasaban las horas hablando, de cualquier cosa, aunque en verdad nunca hubo confianza. Se veían, normalmente a deshoras, cuando nadie los podía ver, cuando caía la noche y todo estaba tan oscuro que nada se distinguía bien; era la hora perfecta. Había algo entre ellos. A veces les daba por llamarlo amor, pero ambos sabían que eso solo era una mentira dentro de las más grande. Amor era lo que "sentían" por la otra persona, porque había otra, y esa era la pareja de ambos.  Los dos tenían su pareja estable y los dos presumían de estar en el mejor momento. Pero también sabían que si todo se descubría nada quedaría; perderían a su pareja y también se perderían el uno al otro, simplemente por haber causado las rupturas con su juego. Lo que más les gustaba era que todo fuese un secreto, el mantenerse ocultos y saber que algún día todo sería descubierto. Que eran amantes eternos y encontrarse era su karma.  

Cárcel de oro.

Tenía la vida más envidiable, a la vez que cómoda, que todo el mundo desearía tener. No le faltaba nada, debido al buen nombre y posición de su familia; poseía el dinero que quería, se podía costear los trajes más caros, tener todo lujo de cuidados, los cuáles mucha gente no puede costearse, tenía muchísimas joyas. Además, en su lujosa casa, también había servicio: criadas, cocinera y hasta mayordomo. Pero sí que, detrás de tanto lujo y posesión, le faltaba algo y quizá lo más importante, amor. Su madre murió cuando aún era una niña así que vivía sola con su padre. Echaba mucho de menos el cariño de su madre, pues la relación que tenía con su padre no era de las mejores. Se pasaban el día y la noche discutiendo, en la mayoría de los casos por cuestiones de honor de la clase alta. Su padre era muy fiel a esos pensamientos, ella sin embargo quería sentirse libre de esos pensamientos. Otro de los temas por los que solían acabar discutiendo era que su padre estaba empeñado en que ...

Acércate.

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Decidieron darse un tiempo. Debido a la mala racha que estaban pasando, pensaron que quizá ese tiempo les ayudaría a atravesar esa racha y a solucionarlo todo para así poder volver a estar como antes. Lo que no sabían era que la mejor solución era hablar y no tratar de dejar pasar el tiempo sin verse ni pronunciarse una palabra. Todo lo contrario, habían agravado la situación.  Intentaron vivir cada uno su vida por separado, pero se les hizo algo imposible ya que el tiempo que habían compartido no había sido poco.  Él se pasaba el día encerrado en casa con la música a tope, pero ni la música lograba hacer que dejara de pensar en ella. Viendo que no servía de nada, pasó a un plan B, salir y distraerse con sus amigos, pero ni con esas lograba quitársela de la cabeza, para cuando se quería dar cuenta se había quedado embobado pensando. Por las noches no paraba de mirar su última conexión, las últimas conversaciones, las fotos...Y así hasta que lograba quedarse d...

100 millones.

Al final, para la inmensa mayoría, la felicidad consiste en obtener un millón y no morir antes de gastarlo. Para mí, la felicidad, sin embargo, es que tú abras con pereza un ojo a las cinco de la mañana. Titubees mi nombre como si fuese tu primera palabra y esperes con inquietud a que yo responda el tuyo como si fuese la última. Siendo esto tan simple, a veces me pregunto por qué ellos parecen más esperanzados en la felicidad siendo su deseo mucho más complejo que el mío.  Supongo que porque en este momento es más probable que yo obtenga un millón a que tú vuelvas a llamarme. 

La leyenda del hilo rojo.

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Existe una leyenda, lejana y oriental, según la cual todos nacemos con un hilo rojo invisible atado a un dedo de la mano. Ese hilo conecta a aquellos que están destinados a encontrarse y estar juntos.  No importa cuántas personas pasen por tu vida ni el tiempo que éstas permanezcan a tu lado; el hilo tirará de vosotros hasta uniros.  Sabrás quién es la persona al otro lado del hilo cuando estés con alguien que parezcas conocer de antes, como de toda la vida; con la que sientas que sois uno. No importan las circunstancias, ni el lugar; el hilo puede estirarse, contraerse o enredarse pero nunca se romperá.  ¿Quién sabe si nuestro hilo está de alguna manera diciéndonos algo?                       

Ascensor.

Iban hablando y riendo, como cada vez que se juntan; hasta que entraron en el ascensor. Ahí, de pronto, se hizo el silencio.  Durante las cuatro plantas de recorrido estuvieron callados y mirando hacia abajo, pensando, vete tú a saber qué; o al menos eso pensaba ella, que él también miraba al suelo, pero no. Cuando alzó la vista, la miró y parecía llevar una eternidad haciéndolo. Se dedicaron una leve sonrisa que parecía decir en qu(i)é(n) habían estado pensando.