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Señales de vida.

Desde que entró allí todo le parecía un poco distinto, incluso, por qué no decirlo, extraño.  A sus 26 años, después de unos meses con su puesto de trabajo fijo, decidió valerse por sí mismo así que se independizó. Vio un anuncio de una pequeña casa a las afueras, en alquiler; el precio le pareció bastante razonable y, por las fotos, la casa parecía muy acogedora. Otra cosa es la realidad. Cuando la casera le acogió, una mujer mayor pero muy entrañable, le comenzó a enseñar la casa. Habitación por habitación, hasta que llegó al dormitorio.  - Este era el dormitorio de mi nieto. ¿Sabes? Me recuerdas mucho a él. +¿Y como es que su nieto no está viviendo aquí? - Bueno, cuando era pequeño murió. Nunca supimos la razón, pero sí que había sido una gran pérdida. +Vaya...lo siento mucho, señora. - No te preocupes, ya hace mucho tiempo de aquello. El chico se quedó un poco extrañado tras esta conversación. + Pero, entonces...¿cómo es que le recuerdo a él? ¿Qué edad tenía...

Ilusiones que mueren.

No era como el resto de las veces, es decir, las demás ocasiones se sentía de otra forma. Su corazón solía latir con más fuerza de lo normal, como si se le fuera a salir del pecho; lo mejor era que sabía que esa sensación le encantaba, era como estar en una nube. El problema, porque siempre lo había, era que aparte de saber que eso le gustaba también sabía que se acababa y a veces más pronto de lo que esperaba. Ahora cada vez que debería sentirse así era todo lo contrario; simplemente no sentía. O quizá también era un mecanismo de defensa para hacerse creer que no sentía, lo cual sabía que no era del todo cierto. -¿Sabes? Me he dado cuenta de que ya no me pasa como antes, eso de ilusionarse con algo quiero decir. +Bueno, quizá antes lo hacías más rápido de la cuenta. -Sí, puede ser, pero ahora creo que ya es como algo definitivo. Hay ilusiones que acaban muriendo. +Pues solo te puedo decir una cosa, puede que como tú dices haya ilusiones que acaban desaparecien...

No estoy hecha para nadie.

Era una chica insegura, quizá demasiado. Además de reservada, ya que se lo guardaba todo para sí misma, hasta lo más simple, lo que no dudaría en contarle a alguien de confianza. Hasta que un día encontró a la persona adecuada con la que hablar de todo aquello, y más cerca de lo que nunca habría imaginado, en su propia casa.  Una vez se estaba probando unos vestidos en el espejo de su habitación y empezó a preguntarse (en voz alta) por qué aún no había encontrado a su "príncipe azul". De pronto, algo detrás de ella empezó a brillar, una pequeña luz, que dio lugar a una pequeña persona, un hada. La chica, al ver el reflejo en el espejo, se giró bruscamente y se quedó un rato contemplando la figura. Entonces el hada habló: -Pequeña, parece que has visto un fantasma. Al cabo de un rato, la chica fue capaz de articular palabra: +¿Acaso no lo eres? -A cualquier cosa se le llama hoy en día fantasma. Pero no, no lo soy. Soy el hada que habita en tu dormitori...

Si no das, no pidas.

En los últimos meses todo había cambiado entre ellos. La forma de hablarse, de mirarse, de tratarse...todo. Eso sí, de forma distinta. Ella había cambiado para bien mientras que él a peor, mucho peor, hasta tal punto que era irreconocible. Aun así, trataban de resolverlo. A veces parecía que iba bien, que quizá recuperarían lo que habían perdido, hasta que se estropeaba. siempre había algo que lo jodía todo y entonces, tenían que volver a empezar. Y eso hacían, empezar y empezar una y otra vez, como una canción en modo repetición. Casi todas las veces que la situación se estropeaba era por él y su falta de ímpetu. Ella creía creer, o más bien, quería creer que ponía todo de su parte, que a pesar de todo el cariño y amor seguía ahí y por tanto volvería. Al menos eso le hacía creer.  Sin embargo había veces que ya no soportaba más los desplantes ni su indecisión, ya que unas veces le decía que si, que quería volver a empezar de 0 y con buena letra, y otras todo lo contra...

O todo o nada.

Era de las que se la jugaban a todo o nada, y esto era aplicable a todo ámbito. En muchos de los casos en los que lo hacía no le importaba perder, de hecho, le encantaba. Sabía que perdiendo iba a aprender, aunque para ello tuviese que jugársela más de una vez y perder una y otra. Pero, a pesar de tener ese carácter, luchador, también le gustaba ver que los demás lo hicieran y con ello conseguir metas. al igual que le gustaba que se la jugasen por ella, pero a todo o nada, como ella decía. Lo que significaba que si la otra persona tenía que perder algo o pudiese perder algo, que se arriesgara si por su persona se trataba. Simplemente, porque no le gustaban "las cosas a medias".

Lo mejor.

Siempre se ponía en lo peor, era como su pequeña gran manía. Decía que prefería pensar así antes que llevarse la sorpresa. Su vida no había sido fácil. Una y otra vez le acechaban los problemas, como si fuese un imán de negatividad. Y casi, porque pocas veces se topaba con algo de suerte. Y cuando parecía que ésta le sonreía, poco duraba. Por eso, decidió cambiar de mentalidad, ya que era de las personas más optimistas que había conocido. Y la verdad que fue una buena técnica; ahora todo lo que antes era malo, era lo contrario. Gracias a esa decisión su vida cambió a mejor.  Lo mejor había sido ponerse en lo peor. 

Une folie à deux.

Cada vez que se juntaban eran como dos niños, o más bien dos adultos que al juntarse conseguían volver a la infancia, y olvidar que eso ya pasó una vez y nunca más se volvería a repetir. El tiempo es algo que nunca vuelve una vez pasado.  Hacían esas cosas que solo los niños son capaces de conseguir, disfrutar de la vida sin preocupaciones; podía estar pasando cualquier cosa a su alrededor que ellos no se entrarían. Conseguían aislarse, como desplazarse a un mundo completamente distinto en el que solo estaban ellos, y en el que no necesitaban nada más que sus risas. Era como un mundo en el que vivían una constante aventura, como aquellas historias en la que hay que escapar de un monstruo o algo parecido. Y bueno, para qué hablar de las miradas...si cada vez que se miraban se perdían en un abismo. Eran de esos que se miraban y se empezaban a reír, como habiendo dicho mucho sin pronunciar una palabra. Era una locura de dos.  Parecían justo lo que no eran pero que ...