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Distancia.

Sabía de sobra que hay muchas cosas que pueden afectar a la relación entre dos personas, pero creo que ya he averiguado cuál es la causa mayor en la ruptura de una buena amistad, de una relación amorosa e incluso de una relación familiar. Pensé, ¿qué puede ser peor que la desconfianza o la mentira, por ejemplo? Encontré la solución, no porque me dio por ponerme a pensar en ello como una loca, sino porque lo estaba viviendo en esos momentos.  La distancia, pero no la distancia que estaréis pensando; no tiene nada que ver con el espacio, con que dos personas estén separadas por unos kilómetros. No. Me refiero a esa distancia que se empieza a dar entre dos personas cuando el cariño, la confianza, el respeto, la fidelidad, el amor...Todo, empieza a fallar.  Y cómo jode sentir cómo esa persona y tú os empezáis a alejar poco a poco hasta terminar siendo dos desconocidos de nuevo, pero con muchos recuerdos en común. 

No me gusta.

Michelle  y yo eramos amigas desde niñas, desde aquella vez en segundo de primaria cuando descubrimos que eramos almas gemelas e incapaces de estar separadas la una de la otra. Fuimos creciendo juntas, fuimos al mismo instituto y hasta estudiamos la misma carrera universitaria. Lo compartíamos todo: ropa, zapatos, complementos, conversaciones (hasta de las más íntimas), momentos e incluso nuestros mayores secretos. Eramos como hermanas. Lo que más me gustaba era hablar de chicos, de los romances que teníamos; sobretodo en la adolescencia. Pero nos hicimos mayores, adultas, y esa época llena de romances acabó. Un día quedamos por la tarde para tomar café; ella estaba radiante de felicidad, y tenía motivos.  -¡Se te ve feliz!-dije- ¿Puedo saber el motivo?  -El motivo tiene nombre y apellidos - contestó Michelle.  -¡No me digas!  -¡Tom Jonhson!- contestó con entusiasmo- ¿Te acuerdas de él?  -¡Claro! El chico con el que empezaste a salir de...

Comerse la vida.

Hace años, cuando estaba ingresado por un simple virus (el cuál pensaréis que no sería tan simple cuando me obligaba a estar en cama), conocí a una gran persona que me hizo ver la vida de otra manera, con otros ojos. Esa persona se llamaba Carlos, y era todo un señor, un anciano. Él era mi compañero de habitación, aunque él prefería llamarme a mí "compi".  Carlos estaba ingresado, pero no por un simple virus (ojalá); tenía cáncer de colon. Y pensaréis, buah pues qué rollo estar metido en una habitación todo el día con un viejo, pero he de deciros que fueron las mejores semanas de mi vida. Para mi fue toda una experiencia.  todo el mundo asocia el estar enfermo con estar apagado, sin ganas de reír, sin ganas de hacer nada...Sin ganas de vivir. Bien, pues ese hombre demostraba todo lo contrario; a pesar de tener tal enfermedad, de estar constantemente con pastillas y con quimioterapia, siempre estaba sonriendo y sin perder el sentido del humor. Era un ejemplo de su...

Sueños dibujados.

Desde que era pequeña sentí un gran aprecio hacia los niños, suena raro, porque para aquel entonces yo también era una niña. Pero era de las mayores, y muchas veces me tocaba cuidar de mis primos, años más pequeños que yo. Fue ahí, en los momentos que pasaba con ellos, notando su inocencia, sus ganas de vivir, de aprender... Cuando me di cuenta de que quería dedicar mi vida a cuidar de ellos y a enseñarles todo cuanto pudiera.  Fue por eso que decidí estudiar educación, y de entre todas las especialidades, educación primaria; quería estar rodeada de niños como cuando lo estaba con mis primos.  Lo que más me gustó fueron los meses de prácticas. Sentir la alegría de esos niños, cómo aprendían en parte gracias a mi y cómo reían e incluso lloraban. Después de acabar la carrera, como todos los demás estudiantes de educación, estudié para las oposiciones. Tuve suerte, conseguí la plaza y encima, en el colegio de mi infancia.  Pasaron los años, y cada vez me gustaba...

El viaje secreto.

Cometer locuras era uno de esos rasgos personales que mejor la describía. Arriesgarse, aunque algunas veces no saliera bien; hacer una locura con la cual nadie estaba de acuerdo. Ella lo hacía, le gustaba llevarle la contraria a todo el mundo; ya lo había hecho alguna que otra vez y no tenía pensado no volver a hacerlo.  Solía decir que cometer locuras es de cuerdos y que quien no arriesga no gana, por tanto prefería tener por unos momentos a alguien en contra antes que dejar pasar la oportunidad de ser feliz.  Así que planeó su próxima locura, algo que no había hecho antes. Salió temprano de casa, con destino desconocido para todos excepto para ella y alguien más. Había planeado un viaje secreto, cuyo destino no era otro que ver al chico que le gustaba. Lo que no sabía es que repetiría una y otra vez, hasta que dejó de ser secreto.

El deseo y el miedo.

Creo que no puede haber peor mezcla de sentimientos en el alma de una persona que la del deseo y la del miedo. Dos sentimientos tan distintos, que a simple vista parecen imposibles de vincular pero que a la vez son complementarios el uno del otro. Esos momentos en los que deseas algo con tantas fuerzas, amor, dinero, un trabajo...la cosa más estúpida que se pueda desear pero de repente te sientes bloqueado; es el miedo. el miedo a desear algo con tantas fuerzas que pueda desaparecer o que simplemente solo se quede en deseo y nunca se cumpla. Ojalá fuesen sentimientos que nunca estuviesen relacionados entre sí; ojalá poder desear algo sin sentir ese miedo que hace que te tiemble todo el cuerpo, la voz y hasta la respiración.

La amante del asesino.

Inexperta en eso del amor, comenzó a hablar con un chico que conoció de casualidad. Sentía miedo, miedo de no ser suficiente, de no gustarle y que solo fuesen ilusiones suyas, miedo a sentir lo desconocido.  Los dos de la misma ciudad, apenas separados por unos metros de distancia. Se hablaban todos los días, a todas horas. Compartían casi todos los gustos y hobbies , la conexión era total. Y a ella poco a poco le iba gustando más, y a él, aparentemente, también. La única diferencia que había entre ellos era la edad; ella apenas una niña, con 16 años, él de 24. Ese era otro factor que le daba miedo al principio, hasta que vio que no tenía por qué temer nada. Pasó más tiempo, 4 meses, la confianza era aún mayor, evidentemente y llegó el esperado momento:   - ¿Quieres que nos veamos esta tarde? - le propuso él.   - Vale - le sonrió a la pantalla. Se vieron y fue una tarde bastante agradable; risas, alguna que otra caricia, buena conversación...etc. L...