Querer mejor.
Si algo he aprendido con el tiempo es a construir bien las frases, las expresiones que usamos. No nos damos cuenta de la importancia de esto hasta que empezamos a cometer algún error, fruto de haber usado mal una expresión.
He de decir que ésto no lo he aprendido por experiencia propia; en ningún momento he tenido problema alguno con lo que yo haya expresado, pero sí que lo viví desde cerca.
Cuando era una niña, de unos siete u ocho años, tenía que escuchar muchas veces cómo discutían mis padres. Yo nunca estaba presente, me refugiaba en mi cuarto con mis muñecas e intentaba hacer como si no pasara nada, pero a veces las voces traspasaban los muros y era inevitable escucharlo todo. También es cierto que otras muchas veces se querían tanto que no podían pasar un momento separados, y me encantaba verlos así.
- Te quiero- decía mi madre.
- Yo te quiero más - contestaba mi padre.
Pero pasaron los años y cumplí los dieciséis, momento en el que mis padres decidieron que ya era lo suficientemente mayor como para saber que el amor entre ellos ya se había acabado; que se divorciaban.
Al principio me hice la loca, no quería pensar que eso me estaba pasando a mí. Entré en una fase de negación de la que sólo pude salir gracias a mi madre y a sus palabras.
Me explicó toda la situación y el por qué de haber llegado hasta tal punto, y de toda esa conversación me quedé con una frase, una expresión que me marcaría para siempre.
Hija, el amor no se trata de querer más, sino de querer mejor.
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